viernes, 1 de febrero de 2008

40 años de la pildora

En realidad, fue la década de los cincuenta la que regaló a la humanidad ese hallazgo revolucionario de la píldora anticonceptiva, pero "la píldora" (como se la conocería ya para siempre) tuvo que pasar por un período de pruebas antes de que los países de Europa comenzasen a legalizarla. No resultaron nimios los tabúes ni las resistencias que debió vencer. No resultaron escasos los integristas de todas las religiones ni los conservadores de todo pelaje ni los machistas recalcitrantes que se opusieron a un fármaco que les privaba del control de las familias y que les desposeía del cuerpo de las mujeres. Las mujeres y sólo ellas, gracias a esa invención fantástica, iban a ser en adelante las dueñas de su sexualidad, consiguiendo por primera vez en la historia humana que placer y procreación fuesen dos temas diferentes. Cuando la ley de Lucien Neuwirth permitió a las francesas utilizar un método anticonceptivo que llegaba para formar parte de la vida diaria de millones de parejas, en otras partes del mundo se pasaba todavía por dictaduras y estábamos en una sociedad que algunos consideraban patrimonio propio e irrenunciable. Sin embargo, los más afortunados económicamente comenzaron a tramar estrategias que les permitiese acceder a la pastilla milagrosa. Y la buscaban en localidades de la frontera o se la hacían remitir por quienes tenían la facultad de conseguir recetas y firmas médicas. Fue una de las muchas situaciones grotescas que se ha debido afrontar, por ejemplo en España, para liberarse poco a poco de las cerriles mentalidades que les han dominado siempre.
Hoy, afortunadamente, los jóvenes ven tan difusos y lejanos aquellos tiempos como ven lejanos y difusos los tiempos prehistóricos. Pero la prehistoria sexual de sus padres, aunque les parezca incomprensible a esos muchachos, duró hasta épocas en las que ellos estaban a punto de nacer. Por raro que les suene el tema, es un hecho que aquí hubo costumbres muy distintas a las que ahora se disfrutan y, para sonrojo de quienes violentaron secularmente a la sociedad, no es inútil recordar de vez en cuando que hemos tenido censores de alcoba y de intimidad, de mentes y de libros, de gozos y de fiestas, de formas de vestir y de pensar… Los que siguen oponiéndose todavía al uso de un simple preservativo (aunque exista el riesgo de contraer enfermedades mortales) son los sucesores de aquéllos que practicaron, hasta ayer mismo, las censuras de las que hablo. Por todo esto, la píldora llegó como una liberación de lo más nuestro que llevamos en la entraña. Gracias a la píldora, nos hicimos dueños del tierno don de gozar sin sobresaltos con la persona a la que amamos y de la facultad, casi divina, de transmitir la vida cuando responsablemente lo queremos.
La oferta de contracepción es hoy amplia y, pese a quien pese, está anclada en las costumbres actuales. Las parejas pueden elegir el control de natalidad que mejor se adapte a su vida personal y afectiva. Nadie más adecuado que un buen médico para asesorar a este respecto, pero sería también muy importante que autoridades y padres no descuidasen nunca la información que los adolescentes precisan, con el fin de que las nuevas generaciones accedan al fascinante mundo de la sexualidad evitando desconocimientos impropios de la época en la que estamos.
Por supuesto que la contracepción no ha de ser una actitud consumista más, una actitud mecánica que nos lleve a comprar píldoras, implantes, preservativos o anillos vaginales con el mismo desparpajo con el que compramos chicles o caramelos. A mi entender, la contracepción debe ser un acto serio, adaptado a cado uno y reflexionado por cada uno con madurez. Sólo así, las enormes cifras del aborto disminuirán y gozaremos plenamente de aquel hallazgo maravilloso que tantas y tantas cosas revolucionó, que a tantos y a tantos integristas furibundos hizo rechinar los dientes y que comenzó a abrirse camino entre los europeos hace ahora cuarenta años.
fuente: http://www.melillahoy.es/noticia.asp?ref=36319
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