lunes, 7 de marzo de 2016

Características de la ruptura sentimental






Estimados amigos:

Las reacciones que se generan ante una ruptura sentimental son equiparables a las que ocurren con la muerte de un ser querido. La pérdida del amor añadido a la monotonía, el aburrimiento, la falta de interés o innumerables variables, hacen que a veces se desencadene la ruptura, la cual lleva a una serie de reacciones psicológicas similares a las del duelo.

 La reacción a la ruptura  sentimental es específica de cada persona, y por tanto, una experiencia única en cada sujeto. Esto trae consigo parálisis psicológica, desorientación y una enorme sensación de vacío. Por tanto, nos referiremos al shock sentimental (término acuñado por Gullo y Church en su famosa obra del mismo título), como el proceso colateral a una ruptura amorosa Gullo y Church han encontrado que el grado del shock sentimental es directamente proporcional a la intensidad del compromiso existente en la pareja. 

A lo largo de sus vidas, las personas pueden sufrir muchas pérdidas, pero si no están profundamente vinculadas no sufrirán un shock sentimental intenso. En esos casos, se puede sentir cierta tristeza, pero no experimentar el grado de sufrimiento emocional característico de un shock sentimental profundo.

Se estima que la experiencia del shock sentimental tarda alrededor de un año en completarse, aunque no es extraño que la experiencia requiera más tiempo. Por lo general, el tiempo necesario está determinado por la cantidad de tiempo que uno ha pasado con la otra persona y por la profundidad del compromiso. Por ejemplo, las parejas que han convivido o que se han visto durante sólo un año tendrán un shock sentimental más breve que las parejas que han estado juntas durante algunos años. Las parejas que se divorcian después de veinte años o más, y que tienen hijos, probablemente sufrirán el shock sentimental más prolongado de todos.

Si es normal o no que una persona pase uno, dos e incluso tres años afectado por un shock sentimental depende de su buen funcionamiento personal. Aunque sea capaz de mantener el centro emocional, de actuar y reaccionar razonablemente ante las situaciones y de motivarse a través de rutinas diarias. No es anormal que su tristeza y su sufrimiento emocional continúen durante un par de años. Lo importante es que siga funcionando, tras el shock inicial, mientras las heridas se curan.

El shock sentimental no se convierte en patológico a menos que uno intente reprimirlo o inhibirlo a través de la negación o a través de diferentes formas de exceso, como el consumo de drogas. El fracaso en reconocer y expresar el sufrimiento emocional puede perjudicar seriamente la salud psicológica y la capacidad para formar nuevas relaciones amorosas en el futuro. Uno puede temer que en la siguiente relación se repita la misma secuencia de acontecimientos o, peor aún, dudar de la propia capacidad de amar. 

De todos modos, hacer frente a la experiencia del shock sentimental y comprender lo que falló en la relación puede convertir el dolor en una experiencia de crecimiento y proporcionar ideas y técnicas para afrontar la situación que pueden enriquecer la siguiente relación.

Las consecuencias de un shock sentimental mal resuelto pueden afectar a algo más que a la salud emocional de las personas.

Cuando la vida de alguien está llena de sufrimiento emocional y no se pueden afrontar los sentimientos que acompañan a este sufrimiento, el cuerpo recibe la señal de que esa persona no quiere recuperarse. Los estudios científicos demuestran que la tensión generada por una pena no resuelta, la depresión y la desesperación pueden debilitar el sistema inmunológico del organismo, haciéndolo más susceptible a la enfermedad.

Según los autores anteriormente mencionados, los síntomas del shock sentimental se desarrollan según una pauta previsible que puede dividirse en seis etapas: shock, pena, adjudicación de la culpa, resignación (o etapa del “adiós”), reconstrucción y resolución.

Veamos brevemente qué sucede en cada una de ellas:


 Shock: 

La persona experimenta una sensación de paralización, desorientación e incertidumbre. Siente que su vida parece estancada, y centra su atención en la pérdida. A veces, puede sentirse sin ganas de comer o dormir. Esta fase puede durar entre un día y un mes, rara vez más tiempo.
Finaliza cuando brotan la abrumadora sensación de pérdida y la pena.


 Pena: 

En esta etapa la persona no sólo se lamenta por la pérdida del amado/a, sino también por todo el tiempo que convivieron, los sueños que compartieron y la promesa truncada de una vida en común. En esta fase es normal que aparezcan la irritabilidad y el mal humor en el trato con los
demás. También se puede sentir el impulso de telefonear a la otra persona, aunque sólo sea para escuchar su voz, en este aspecto, la persona está desesperada por mantener algún tipo de contacto, por irreal que sea. Es normal que en esta etapa también se sienta muy deprimida, e incluso se desarrolle una depresión. Normalmente es en esta fase cuando la persona necesita más ayuda terapéutica


 Adjudicación de la culpa: 

Cuando la pena disminuye, la persona siente la necesidad de encontrar algún sentido a lo que ha ocurrido. Es en este momento cuando empieza a analizar lo que salió mal y pasa a la tercera etapa, la de decidir de quién es la culpa. También es posible que analice las circunstancias de su vida en general (problemas económicos, tensión en el trabajo, etc) y que las culpe a ellas del evento. Junto con el dolor, la emoción más fuerte que se sentirá será la ira, que puede manifestarse a través de diversas conductas tales como el abuso de alcohol o la promiscuidad. La ira puede ir dirigida bien hacia la otra persona por el daño que le ha causado, bien hacia sí misma, que se considera un fracaso.


 Resignación (o etapa del “adiós”): 

El paso desde la adjudicación de culpa hasta la resignación puede ser la transición más difícil del shock sentimental. Se le suele denominar también la etapa del “adiós” porque la persona afectada está en condiciones de decir “esta persona ya no está en mi vida; puedo pesarme el resto de mis días lamentándome o enfadándome, o puedo seguir adelante”.
Aunque parezca que lo peor ya ha pasado, no es extraño quedar atrapado en esta etapa. Así mismo, suele ser frecuente que la persona no sienta ninguna motivación porque realmente se sienta agotado. Es importante que la persona se de ánimos a sí misma para pasar a la reconstrucción.


 Reconstrucción: 

Una vez que la persona ha comenzado a reconstruir activamente su vida, lo peor del shock sentimental empieza a remitir. En este punto, la persona se da cuenta de
que pasa más tiempo alegre que triste. También recupera la concentración y trabaja para corregir los hábitos que adquirió forzado por su estado durante el shock sentimental. Vuelve a sentir que su vida le pertenece otra vez, y centra su atención en reconstruir su equilibrio. Algunas de estas personas se centran en sus propias necesidades por primera vez en la vida, y seleccionan a la persona con la que compartirán el tiempo, de modo que pueden amar de una manera saludable y equilibrada.


 Resolución: 

Con esta etapa comienza un nuevo ciclo vital e la persona afectada. Ésta ha resuelto el conflicto y el trastorno que le ha acompañado desde el inicio del shock sentimental.
Su vida vuelve a encauzarse, pero toma un rumbo diferente debido al desarrollo personal que ha tenido lugar mientras atravesaba todas las etapas del proceso. En este momento la persona puede decidir el inicio de una nueva relación amorosa. De no ser así, ahora tendrá más confianza en su capacidad de crear su propia felicidad y de cuidarse por sí misma.







Actualmente no está claro si la naturaleza del ser humano es estar o no en pareja durante toda la vida. Existen tanto argumentos que juegan a favor de una relación duradera como argumentos explicativos de por qué una relación no es duradera y está destinada al fracaso. 


Entre ellos, son interesantes lo señalados por Coca y Betés (2008):
Según estos autores, algunos de los motivos que perpetúan una relación de pareja condenada al fracaso son: 



 La separación de la pareja va a provocar un cambio de una situación económica sin preocupaciones, a otra más agobiante y menos holgada. Este hecho no solo puede alargar la permanencia juntos, sino también dificultar la separación.




 Si existen hijos, es normal que se aplace la separación e incluso se demore eternamente por miedo a que alguno de los hijos sufra problemas psicológicos.




 Puede ocurrir que algo tan cotidiano como tener un sentimiento de fracaso, de soledad o miedo al vacío haga que uno de los dos miembros de la pareja minimice las diferencias y problemas que existen en la relación con tal de no enfrentarse a una realidad que, según imagina, le será mucho más complicada de llevar adelante en soledad.




 Aunque cada vez menos, el “qué dirán” puede condicionar a la pareja hasta el punto de que prefieran mantenerse unidos antes que estar en boca de los conocidos y familiares.




 Siguiendo al refranero, “el cariño lo hace el roce”. Sin embargo, esta habituación a la otra persona no necesariamente acabará en amor, por lo que se pueden llegar a hacer heridas






Del mismo modo, existirían razonamientos para explicar por qué una relación no es duradera, entre ellos:



 La evolución divergente de la pareja. Con el paso del tiempo, las personas evolucionan y toman rumbos en sus vidas que quizás anteriormente no se tomaron. Si se evoluciona en la misma dirección que la pareja, los nuevos caminos podrán recorrerse cogidos de la mano. Sin embargo, cuando la evolución no es paralela, los dos miembros de la pareja pueden darse cuenta de que no tienen tanto en común.




 El aumento de la esperanza de vida en los países desarrollados. El hombre ha pasado de tener una esperanza de vida de cuarenta años en el siglo XIX, a tenerla de ochenta actualmente. Esto implica que se haya hecho consciente que el hombre pueda vivir varias vidas en esta, y que su tendencia natural le lleve a explorar otras alternativas, algo que antes no podía hacer, y que afecta muy directamente a las relaciones de pareja




 La caducidad intrínseca del matrimonio. Cuando los hijos alcanzan una edad determinada, se independizarán, cumpliéndose de esta manera los objetivos biológicos de la pareja. Esto suele ocurrir cuando éstos alcanzan la mayoría de edad. Sin embargo, y a pesar de que actualmente los jóvenes prolongan la estancia en el hogar de sus progenitores, la sensación de “tarea concluida” que experimenta la pareja suele darse del mismo modo. Asociado a este fin de la tarea paterna puede ir asociado el fin de la pareja creada para ayudar a crecer a los hijos, lo que puede precipitar una separación.




 La institución matrimonial en el cristianismo. La duración del sacramento del matrimonio “hasta que la muerte nos separe” era, en la época de su institución (principios de la era cristiana) de unos 10 -15 años, intervalo que coincide con la edad media de los matrimonios en la actualidad (12,8 años).

Es decir, a nuestros antepasados el matrimonio les duraba “toda la vida” porque se morían antes.



 La igualdad de oportunidades de los miembros de la pareja.

Con la emancipación de la mujer en el siglo pasado, entró en vigor un nuevo tipo de matrimonio. Actualmente ambos miembros tienden a ser igualmente productivos económica y socialmente, lo que supone una mayor autonomía y menos ataduras para el momento de tomar decisiones sobre el futuro de la relación.



 La consideración social del divorcio. Si hace un tiempo era común que una persona separada o divorciada fuera señalada con el dedo, actualmente esto se ha normalizado y goza de aceptación social.




 La pérdida de los sentimientos de culpa y de baja autoestima después de la experiencia de ruptura. El sentimiento de fracaso, si está bien elaborado, facilitará la maduración del individuo y se convertirá en una experiencia útil para el futuro, y podrá ayudarle a no repetir errores con su futura pareja.




 La toma de conciencia social de la frecuencia de divorcios y de los problemas legales que conlleva la separación. La percepción de que la separación amistosa es una salida a la crisis de pareja que conlleva menos traumas psicológicos de cada uno y es menos costosa facilita las separaciones rápidas.




A todo esto habría que añadir variables como: la predisposición de algunos gobiernos a realizar divorcios rápidos, los cambios radicales en las relaciones sexuales que se suelen dar a partir de determinadas edades (en ese sentido, podemos nombrar al “efecto Coolidge”), la predisposición del hombre (como animal evolutivo) a la procreación y la promiscuidad, etc.


¿Qué opinan uds.? ¿Han pasado por estas etapas? ¿Cómo han logrado recuperarse de una ruptura sentimental?

Un abrazo

El equipo de No Cruces el Río con Botas.NET

Fuente: Material proporcionado por Inefoc

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