Estimados amigos:
Ingresé al supermercado una tarde de sábado, cuando la afluencia de público era especialmente alta. Mientras empujaba el carro por el pasillo de abarrotes, noté a un hombre de rasgos claramente Rapa Nui: piel morena, cabello oscuro recogido en una coleta sencilla, vistiendo ropa informal y llevando en sus manos una canasta con algunos productos básicos. Me llamó la atención su expresión serena, casi tímida, mientras revisaba con cuidado las etiquetas de los artículos, como quien administra con precisión un presupuesto ajustado.
En ese momento, observé cómo uno de los guardias de seguridad comenzó a seguirlo con una insistencia que, al principio, intenté explicar como una mera coincidencia. Sin embargo, a medida que avanzábamos por el pasillo, el guardia mantenía una distancia sospechosamente corta, simulando ordenar productos o revisar su radio, pero sin perder de vista cada movimiento de aquel hombre. Nadie más parecía notar lo que ocurría; el resto de las personas continuaba con sus compras, ajenas a la tensión que en mí ya empezaba a formarse.
El hombre de etnia rapa nui se dirigió hacia el sector de lácteos y tomó un par de yogures, comparando precios, claramente buscando la mejor opción. En ese instante, apareció una supervisora del local, quien se acercó con gesto frío y tono cortante. Sin mediar saludo, le preguntó si necesitaba ayuda, pero su voz no transmitía amabilidad, sino sospecha. Al no recibir una respuesta inmediata —él parecía algo desconcertado—, la supervisora insistió, esta vez preguntándole si estaba seguro de poder pagar todo lo que llevaba, y si podía mostrar su mochila para “evitar problemas”.
Quedé impactado por la forma en que se dirigía a él. Nadie más, en las inmediaciones, estaba siendo sometido a tal escrutinio. Yo mismo llevaba una mochila al hombro y, sin embargo, ningún funcionario del supermercado se había acercado a hacerme preguntas ni a solicitarme revisión alguna. El hombre, visiblemente incómodo y avergonzado, accedió en silencio a mostrar el interior de su mochila, vacía salvo por un cuaderno y una botella de agua casi terminada. Sentí un profundo malestar al ver cómo su dignidad era puesta en entredicho frente a desconocidos, sin motivo aparente más que su apariencia y su origen.
El guardia, que se había aproximado aún más, observó el contenido de la mochila como si buscara confirmar una sospecha preconcebida. Al no encontrar nada irregular, simplemente intercambió una mirada con la supervisora y se retiró unos pasos, pero permaneció cerca, continuando con la vigilancia disfrazada de rutina. La supervisora, sin ofrecer disculpas, solamente dijo que “son políticas de la empresa” y se alejó con indiferencia. El hombre, con los ojos levemente humedecidos y el cuerpo tenso, guardó nuevamente sus cosas y, con un suspiro contenido, siguió su recorrido hacia la caja.
Mientras yo presenciaba todo aquello, me resultó imposible no interpretar lo sucedido como un acto de discriminación. No observé que a ninguna otra persona se le exigiera revisar su mochila ni que se le cuestionara, de manera tan directa y humillante, su capacidad de pago. La actuación del personal se basó en prejuicios ligados a la etnia y a la apariencia del cliente, no en un hecho objetivo que justificara aquella intervención. En ese instante, comprendí que no se trataba de un malentendido anecdótico, sino del reflejo de una práctica cotidiana de exclusión que, muchas veces, permanece invisibilizada para quienes no la sufren.
Mi reflexión, como testigo del hecho, es que normalizar estas conductas constituye un grave atentado contra la dignidad humana y contra los principios básicos de igualdad y respeto que una sociedad democrática debe resguardar. La etnia rapa nui forma parte esencial de la diversidad cultural de Chile, y merece ser reconocida y tratada con la misma consideración que cualquier otra persona. El solo hecho de que alguien sea distinto en su apariencia, su lengua o sus costumbres no puede transformarse en motivo de sospecha, de vigilancia desproporcionada ni de trato degradante.
Resulta imprescindible que instituciones como los supermercados, que atienden a un público diverso, asuman un rol activo en la promoción de la inclusión. Ello implica capacitar a su personal en materias de no discriminación, derechos humanos y valoración de los pueblos originarios, de modo que el criterio de actuación frente a los clientes nunca se vea contaminado por estereotipos o prejuicios raciales. Asimismo, deben implementarse protocolos claros para intervenciones de seguridad, fundados en antecedentes objetivos y no en rasgos étnicos o culturales.
Al mismo tiempo, la sociedad en su conjunto tiene el deber moral de no permanecer en silencio ante estas situaciones. Como testigo, reconozco que mi incomodidad no basta: es necesario alzar la voz, interpelar respetuosamente a quienes actúan de forma discriminatoria y, si es preciso, recurrir a los canales formales de denuncia. Guardar silencio frente a la humillación de otros es una forma de complicidad que perpetúa el problema y empuja a las personas afectadas a una sensación de aislamiento e indefensión.
La verdadera inclusión no se limita a declaraciones simbólicas ni a campañas publicitarias, sino que se verifica en los actos concretos de la vida diaria: en cómo se mira, se saluda y se trata a quienes son percibidos como “diferentes”. Reconocer el valor de la cultura rapa nui, y de todos los pueblos originarios, supone aceptar que sus integrantes tienen derecho a desplazarse, comprar, trabajar y vivir en cualquier espacio sin ser objeto de sospecha permanente. Tratar con respeto a cada persona, con independencia de su origen, no es un gesto de cortesía opcional, sino una obligación ética y jurídica.
Frente a lo que vi en ese supermercado, y pensando en cuántas situaciones similares ocurren sin ser vistas ni cuestionadas, debo preguntarme y preguntarle a usted: seguiremos tolerando, con nuestra indiferencia, que la discriminación hacia las personas rapa nui y otros pueblos originarios continúe ocurriendo en silencio en espacios tan cotidianos como un simple acto de ir a comprar?

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